jueves, 23 de mayo de 2013

Prefacio

Él miró por la ventana... los campos descansaban en la pesadez del atardecer.
Ni una hoja se movía, parecía que hubiera entrado en el mismo letargo de su alma.  La luz iba desapareciendo entre las intrascendentes de los pinos y el cielo se iba, poco a poco llenando de estrellas.

Estaba encerrado en aquella casa hacía ya tantos años que no recordaba cuando había llegado. No recordaba la sensación de vuelo que sentía al correr montado en un caballo, ni el aroma indefinible del jazmin al anochecer.  El cansancio lo tomaba a veces... sin embargo lo que lo dominaba siempre era una indiferencia feroz, aburrida, odiosa.

Nada podía ser peor que una vida sin cambios. Nada podía ser peor que aquel encierro al que lo habían sometido sin entender porqués o cómos... Sólo sabía que un día supo que no podía salir mas de ahí, que se había quedado sin cuerpo, que se había quedado sin historia. Que era sólo un ser incorpóreo destinado a vagar sin ser visto, ni escuchado entre las paredes de aquella casona de adobes y madera.
Había visto gente ir y venir por la propiedad a través de las décadas, familias completas que habían crecido ahí a la sombra de su presencia.

En alguno que otro momento logró que siquiera lo sintieran... cuando trataba de tocarlos y se estremecían y cerraban las ventanas y las puertas... Sabía que su aliento era frío como la muerte y que su respiración causaba mas terror que cualquier otra cosa.. Sin embargo era preferible provocar terror que no provocar nada.  Por lo menos sabía que existía a través de la palidez y las voces trémulas que escapaban por los pasillos.
A veces, sólo a veces, sonreía sin querer.
Aterrorizar podía ser un buen verbo para quién aterrorizaba. Era una forma de poder... Y el poder, sin duda alguna confirma tu existencia.

Y él necesitaba desesperadamente saber que existía.

Algo movió la arboleda. No supo qué pero tuvo la certeza de que algo había cambiado... La casona respiraba oscura su soledad. Sin embargo algo se había movido... Algo indefinible se aproximaba y todo su inexistente cuerpo se puso en alerta.
Volvió a la ventana, miró hacia afuera. La noche había ya lcaído y lo único que veía con claridad eran las mil luciérnagas que pululaban por los campos... Hasta que vió, casi sin creerlo el menudo cuerpo de una mujer llegando al corredor que rodeaba la casa, jalando una maleta que bien podía ser mas grande que ella.

Escuchó entonces sus pasos. Pasos como de ratón, agudos, suaves, un tiquititiqui apenas audible. La madera sin embargo crujía y las luces se estaban prendiendo.

Él no pudo evitar sonreír... Había un cambio, por fin había un cambio. Aunque fuera por unos días, o una semana cuando mucho... Hasta que ella lo percibiera y se fuera aterrorizada de ése lugar y de su vida.
Pero ahora estaba acá. Otro ser humano. Y estaba acá.








No hay comentarios:

Publicar un comentario