jueves, 23 de mayo de 2013

! Capítulo Eva

Ella miró la casona que se alzaba despótica y oscura al final del camino. Llegar ahí en carro ya era difícil, a pie era una hazaña casi imposible. Sin embargo ahí estaba, con su maleta pesada a cuestas... Con su vida pesada a cuestas. Había caminado por mas de una hora siguiendo el croquis de papel, a través de caminos polvorientos e irregulares, parando sólo para tomar agua y llorar... según era su costumbre en el último tiempo.

La soledad le pisaba los talones y la tristeza que la embargaba hacía meses, no daba señas de querer partir.
Estar ahí era sólo una medida circunstancial para salvar la cordura.  Todo tenía que esperar hasta que ella descansara y se curara de aquel mal que la había poseído como una legión de demonios.

Al llegar al frente del corredor suspiró. Era ya casi de noche y no tenía mas que la pequeña luz de su celular para iluminar las docenas de llaves que le había entregado Cristina.  Probó un par y fue la tercera la que lo logró. La puerta estaba hecha de un par de tablas de cedro gruesas y pesadas y sus bisagras eran de hierro forjado... Antiguo. Como todo en la casa... antiguo.
Aquello era un viaje en el tiempo y ella lo supo desde el día en que su amiga le aconsejó alejarse de todo por un tiempo.

Una casona en medio de un potreros y bosques, una finca inmensa. Un lugar casi inaccesible, hecho para descansar y para esconderse del mundo. "Eva, andate un par de semanas... reponés fuerzas, pensás, llorás todo lo que querás llorar...vas a volver como nueva... Descansá mujer que no has parado de trabajar desde lo de Javier"

Descansar...
La palabra sabía a vinagre en la lengua.
Porque ella no estaba cansada. Estaba amarga.
Eva no quería cambiar éso.  Quería defenderse de por vida de cualquier cosa que trajera dulzura a su vida.
No quería descansar. Quería cambiarlo todo. Quería cambiarse a si misma.
Quería perder cualquier trozo de fe que hubiese quedado en su psique y que el tiempo pasara pronto y la muerte la encontrara así... muerta.

Su terapista le había aconsejado que siguiera el consejo de su amiga. Le había dicho que llorara todo lo que tenía que llorar. Que sacara todo el dolor, que se pusiera en contacto con sus sensaciones... ¡Ja!... ¡Cómo si hubiera una sola parte de si misma que no fuera dolor puro!
Pero no quería dejar el dolor. Sólo quería que el dolor se fuera transformando poco a poco en odio, en rencor, en venganza. En todo lo mas bajo y lo mas grosero, en lo mas degradado y lo mas humillado.
Porque el dolor tenía que convertirse en su ejercito de defensa y ataque contra si misma y contra cualquier cosa que la pusiera en riesgo de nuevo.

Nunca mas.
Nunca mas ningún hombre se le iba a meter entre la piel.
Nunca mas le daría el control de sus emociones a una sensación traidora.

Quería morir, si. El suicidio sin embargo le causaba el terror a quedar viva y enferma, tullida o dependiente... Sólo éso le hacía falta! ¡Que además de todo tuviera que depender de algo o alguien!

Entonces había decidido morir en vida. Era una decisión que implicaba cambios en hábitos, en trabajo, en amigos e incluso en  residencia.  Porque tendría que dejar cualquier cosa que le causara placer mínimo. Lo único que quería era encontrar una zona de confort adónde pudiera mantenerse las heridas abiertas apunta de lamerselas. Adonde pudiera esconderse de toda la gente que se preocupaba y le llamaba la atención para volver a vivir.

Quería quedarse allí en una isla de hielo y roca, con un muro gigante a su alrededor,

Prefería quedarse en un estado mental comatoso que volverse a arriesgar patológicamente entregando el corazón.

Al entrar y encender las luces la vio en su esplendor.
Era una casona de madera enorme con un techo alto y que, de día sería tremendamente solariega a juzgar por los ventanales que iban casi de piso a cielo.  Era evidente que  había sido puesta al punto para que ella estuviera cómoda. Se lo tendría que agradecer a Cristina de alguna manera.

La entrada daba a una escalera que iba curvándose hacia la oscuridad de arriba y a su derecha se abría una estancia lo suficientemente grande para que entraran dos juegos de sala completos, una chimenea y una mesa de billar.  Mas allá habían varias puertas cerradas.

Todo estaba esmeradamente limpio y cuidado al detalle y pequeñas cosas, una porcelana, un cuadro, un tapete tejido, le decían que ahí había habido vida y que ella quería tener esa vida para si.

Mas allá veía una mesa de comedor larga, que, calculó, debía ser para unos treinta o cuarenta invitados.

Salió de la estancia y soltando la maleta, decidió caminar un poco por el primer piso antes de aventurarse al segundo.  Había una sensación subyacente en su alma y sabía que ésta se estaba reflejando perfectamente en su cara. la trató de ignorar aunque el miedo a aquella casa enorme y su soledad en ella la tomaban a cada instante.
Caminó como un ratón, casi de puntillas como si tuviera miedo de disturbar la paz de los fantasmas que vivían ahí desde hacía siglos.
Sonrió. "Eva qué cosas se te ocurren! ¡Fantasmas!"
Su propia voz la asustó. El silencio era brutal... Y ella no lo había percibido hasta que lo rompió.

En ése instante se preguntó si aguantaría la estancia ahí y agradeció infinito lo que Samuel le dijo al despedirse "Mañana temprano le llegan las empleadas. No duermen ahí pero si pasan ahí el día, le van a cocinar y a limpiar. Cualquier cosa que necesite me envía a una de ellas"

La verdad era un alivio tener a alguien mas en la casa. Pues la quietud y la soledad se le antojaba opresiva en la casona que traqueaba.

Cruzó el pasillo de entrada hacia la oscuridad de la izquierda y abrió con cierta inquietud la puerta de cedro rojizo.  Oscuridad que iba despareciendo conforme la luz de la sala la invadía.

Libros. Cientos, miles de libros.
Encendió la luz.
Libros de piso a techo. Anaqueles y anaqueles de libros. Una chimenea, dos mesitas con lámparas y un sofá grande en el medio.
Atrás una mesa de estudio redonda con seis sillas.
Nada mas.
Nada menos.

Abrió la boca y sintió que no iba a poderla cerrar mientras estuviera ahí. Aquello era como un templo dedicado a la lectura solamente. No al estudio, aunque bien podía serlo. No. Era un templo para cualquiera que amara leer.

Recorrió con los dedos las tapas de los libros en los estantes, reconoció alguno que otro título y alguno que otro autor.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. Súbitamente se sintió acompañada.
El miedo hizo un intento por presentarse pero la curiosidad pudo mas que él y miró sobre su hombro.
Nada.
Era una sensación fuerte y certera. Se sentía observada.
Miró hacia las cortinas comprobando que estaban completamente cerradas.
"Estoy tan loca!" Se dijo en voz alta. Pero la sensación siguió ahí.

" Si sos un fantasma, te advierto que no me molestes. Yo no te voy a molestar. Por favor andate de acá."

Eso lo había aprendido de su Tía Violeta, que en algún momento le dijo que para espantar al miedo lo mejor que había que hacer era tratarlo de igual a igual.

El silencio le respondió con mas silencio. Pero la sensación seguía ahí terca. Algo o alguien la estaba observando.

El miedo intentó colarse de nuevo y ella trago un puño de saliva inexistente.
"No me voy a ir de acá, así que mejor vivamos en paz, vos no me observás y yo no te percibo... "

El fantasma sonrió y ella lo supo.

Porque para él era imposible no mirarla. Era lo único que tenía para hacer. No le quedaba mas remedio que observarla con un terrible deseo de ser observado a su vez.
La desesperación por confirmar su existencia era tan brutal que las palabras dirigidas al viento de aquella muchacha menuda le sirvieron de bálsamo. Sabía que ella no estaba hablándole a él. No a él. Pero le hablaba a su presencia. Ella pudo sentir su presencia y no demostró miedo. Éso era mas de lo que había vivido durante los últimos cientos de años.

Suspiró.
Y ella miró en su dirección.

"¡Me estoy volviendo re-loca de verdad!" Se rió.

Había oído un suspiro. ¿O había sido sencillamente el viento moviendo los pinos cercanos?

"No, no te estás volviendo loca..." le susurró él al oído.

Ella se alejó un poco, acariciándose la oreja.

"Mejor sigo inspeccionando la casa... pero esta biblioteca... ummm... ¡Me gustó!... Aunque tenga un fantasma... Ya nos haremos amigos vos y yo ¿Verdad? ... Al final, yo también soy una forma de fantasma."

Él la miró consciente de que ella sólo habló al vacío.  

Eva salió de la biblioteca y la piel se le erizó en la nuca. 
Sabía que no había estado sola ahí. 
No tenía ni idea de qué hacer, o cómo sentirse al respecto. Sólo que si, la casa, en efecto tenía su propio fantasma ... y no era ella. 

Luego de salir de la biblioteca caminó hasta la cocina y fue encendiendo todas las luces, hasta que iluminó la mansión como una antorcha en la oscuridad de la finca. 

Tenía que confesarse a si misma que el asunto la había asustado.
Siempre había dicho que ella le temía mucho mas a los vivos que a los muertos. Sin embargo la cercanía de algo tan misterioso como ajeno la estremeció. 

Una vez en la cocina se acerco a la refrigeradora y comprobó agradecida que estaba llena de comida. Se hizo un sandwich y se lo comió de pie al borde de la mesa. 

Él la miró, sentado en la mesa. No quiso perturbarla. Le gustaba mirarla simplemente, aunque sabía por la leve palidez que lucía que ella estaba ya algo aturdida por la experiencia.  
Era una muchacha bonita. No una belleza deslumbrante. Pero a él nunca le habían gustado las bellezas deslumbrantes.

Recordó algún momento en que en la finca estuvo una belleza deslumbrante… ¿Cómo se llamaba? … No lograba recordar el nombre, sin embargo si, era alta y delgada, con piel de mármol blanco, labios rosa y ojos asediados por una capa espesa de pestañas negras.
Tenía que haber sido antes de principio del siglo XX porque la muchacha en cuestión andaba vestida de largo con uno de ésos vestidos desconcertantes que tenían una crinolina hacia atrás, como un almohadón portátil.  Y además usaba corsé, como si lo hubiese necesitado. Y unos sombreros ridículamente enormes que su mamá insistía en encasquetarle aún ahí, en la mitad de la nada.
La verdad es que la hermosa Señorita… ¿Cómo se llamaba? … Bueno, ésa señorita no necesitaba corsé por que su cintura era ya diminuta.
Pero no era su cuerpo lo que lo había deslumbrado si no que era verdaderamente como un ser etéreo. Imposible de tocar o de ver siquiera por mucho tiempo sin que fuera insoportablemente perfecta.
La belleza trashumante estuvo a su alcance sólo por un período brevísimo.
Y la verdad es que estaba tan ocupada pareciendo que se le había olvidado ser.  
Rafael la había seguido con mas curiosidad que fascinación. No había querido… por lo menos no al principio, que ella lo sintiera, ni ella ni la familia. A veces cuando lo hacía la casa permanecía vacía por mucho tiempo y eso lo aburría fenomenalmente.  Pero la deslumbrante belleza había resultado sosa hasta desnuda. Porque hasta desnuda parecía que estuviera posando para algún ángel invisible. Y no, no era él.

Ella estaba tan consciente de su belleza que su esencia se había desparecido entre el espejo y había dejado a éste maniquí para colgar vestidos a cambio.

Esta muchacha por lo contrario… Era bonita. No era una belleza deslumbrante.   Bajita, delgada, con el pelo decididamente corto y cara de haberlo pasado mal en los últimos tiempos. Las ojeras no mentían.

La miró de nuevo.  Ahí paradita, en el medio de la cocina enorme, con su luz blanca que hacía que todos parecieran tan muertos como él, se veía pequeñísima y profundamente vulnerable.
Súbitamente ella soltó un sollozo. Y las lágrimas comenzaron a bajar como cataratas por sus mejillas. La nariz se le fue poniendo roja y el lamento fue tomando forma de grito.

Aquella demostración de desolación absoluta logró exasperarlo.
¿Cómo podía llorar? Podía comer, ¡Podía saborear! Algo que él tenía prohibido desde hacía cientos de años. Aquella mujer viva tenía los sentidos a flor de piel y él no podía menos que envidiar de la forma mas brutal su capacidad de disfrute, de vida… Y ella lloraba!
¿Cómo se atrevían los vivos a llorar por algo? ¡Por lo que fuera! ¡No existía ninguna razón válida para llorar mientras se estuviera vivo!

El reino de los vivos lo dejaba fuera a él. Lo dejaban fuera sus emociones inexplicables, lo dejaban fuera sus ataques de tristeza o de furia.
Él quedaba fuera y cuando a éstos vivos les daba por quejarse y ser auto compasivos, él lo único que quería era darles sustos de muerte para que reaccionaran y se vieran.

Decidió dejarla sola.
No podía soportar su absurda tristeza. No importaba cuál fuera el origen de ésa tristeza. No le importaba en lo mínimo. No tenía derecho a estar triste estando viva.
Además se le hacía aburridísimo que ella llorara sin parar.

Se dio media vuelta, pero antes de salir miró las ollas colgando de los ganchos en la pared y no pudo resistir la tentación. Las golpeó.
Las ollas tintinearon y una se salió del gancho y fue a dar al suelo con un estrépito que retumbó en la casa.

Ella paró en seco de llorar. Y miró en dirección de Rafael y le gritó furiosa.

“¿Sabés qué? Fantasma de mierda! No te tengo miedo… Estoy furiosa y triste y hecha pedazos… andá a asustar a los perros si te da la gana… ¡A mi no me das miedo! Y no vengás a joderme la existencia porque no te voy a dar gusto. Si lo que querés es asustar… andá a buscar a alguien mas. Yo ya me asusté lo suficiente!”  Caminó como si lo estuviera viendo a través de las lágrimas y fue botando olla por olla haciendo un escándalo absurdo
“Querés botar las ollas? Botalas! Te ayudo fantasmucho miserable!”


Luego de que todas las ollas quedaron en el suelo. Eva tomo lo que le quedaba de sándwich y sin decir una palabra mas se marchó antes que él, que la miraba por primera vez asustado ante ésa demostración de enojo intenso y atroz. 









No hay comentarios:

Publicar un comentario